lunes, 20 de mayo de 2019

Bióloga que critica al optimismo

Barbara Ehrenreich: la bióloga que cree que nos estamos matando en nuestro furioso intento por vivir cada vez más



En su nuevo libro Barbara Ehrenreich expone la polémica idea de que nos estamos matando en nuestro furioso intento por vivir cada vez más. La escritora habló con BBC Mundo.
La portada ya lo dice todo: sobre un brillante fondo amarillo, se ve a La Muerte corriendo sobre una cinta de esas que hay en los gimnasios.
Una imagen que resume muy bien la idea central del nuevo libro de Barbara Ehrenreich, una conocida escritora y activista social estadounidense, bióloga de formación: que nos estamos matando en nuestro furioso intento por vivir cada vez más y más.
Pero por si el dibujo no fuera suficiente, el título no deja lugar a dudas: 
"Causas naturales. Una epidemia de bienestar, la certeza de morir y el matarnos a nosotros mismos para vivir más tiempo".
Así reza el encabezamiento del nuevo y polémico libro de Ehrenreich, y que hace el número 23 de los que ha escrito en sus 76 años de vida.
Su anterior y controvertido ensayo, "Sonríe o muere", era una denuncia en toda regla contra el pensamiento positivo, esa corriente que nos obliga a aceptar con una sonrisa bobalicona y espíritu de superación las desgracias más terribles.
Barbara Ehrenreich se vio obligada a escribirlo después de que le diagnosticaran un cáncer de mama con 59 años y le repitieran sin cesar que no podía enfadarse, que debía de ser positiva, que sólo si era optimista lograría vencer a la enfermedad e incluso que debía considerar el tumor como "un regalo".
Ahora Ehrenreich ha decidido examinar con su ojo crítico la tendencia social, cada vez más arraigada, a pensar que si nos cuidamos, si vigilamos nuestra alimentación, si hacemos deporte y llevamos un estilo de vida saludable, podemos dar esquinazo a la muerte y retrasar su llegada.
Nuestra obsesión por prolongar la vida ha llegado a tal punto que, según denuncia Ehrenreich, quien muere a una edad temprana es observado con sospecha, como si fuera culpable de su defunción por no cuidarse como debiera. Ella por su parte, ha decidido dejar de realizarse chequeos y pruebas médicas rutinarias.


A continuación la entrevista que Barbara Ehrenreich le ofreció a BBC Mundo:
¿Estamos biológicamente diseñados para enfermar y, en última instancia, morir? Se lo pregunto porque a diario nos bombardean con la idea de que cada vez es posible vivir más y más años.
Bueno, digamos que hay partes de nuestro cuerpo que no están de acuerdo con eso de que vayamos a vivir cada vez más y más. Tendemos a ver nuestros cuerpos como sistemas armoniosos en los que todo funciona conjuntamente y en buena sintonía, pero eso no es exactamente así.
Nuestro sistema inmunológico en particular ataca con frecuencia otras partes de nuestro cuerpo.
¿Pero el sistema inmunológico no es justo el que nos protege contra las enfermedades, el que defiende nuestra salud?
Siempre nos han dicho que debemos fortalecer nuestro sistema inmunológico para evitar caer enfermos. Pero varios estudios recientes muestran que nuestro sistema inmunológico se puede volver contra nosotros en el caso de determinadas enfermedades, como por ejemplo el cáncer
¿Cómo es posible?
Los macrófagos son un tipo de glóbulos blancos. Tradicionalmente se pensaba que cuando encontraban una amenaza a nuestra salud la rodeaban, la absorbían y acaban de ese modo con ella. Pero ahora hay pruebas de que los macrófagos no siempre matan a las células cancerígenas.
En ocasiones al absorber esas células cancerígenas lo que hacen los macrófagos es protegerlas mientras circulan por nuestro organismo en busca del lugar idóneo en el que reproducirse, provocar una metástasis y matarnos.
Sin embargo cada vez se extiende más la creencia de que si uno enferma es porque no se cuida, porque no vigila su alimentación, porque no hace deporte, porque no se somete a controles médicos… Usted llega incluso a decir que la muerte empieza a entenderse como un suicidio, que está cobrando fuerza la idea de que si alguien fallece antes de cumplir 70 años es porque quiere.
Así es. Tal y como digo en mi libro, cuando alguien muere con frecuencia se le somete a una autopsia moral. Lo hemos visto por ejemplo con la muerte de David Bowie, fallecido en 2016 a los 69 años. Mucha gente se preguntaba, ¿pero qué tipo de cáncer tenía exactamente? ¿Murió acaso de un cáncer de pulmón?

    Bueno, si fue de un cáncer de pulmón sería porque fumaba. Se trataba de encontrar algo para culpar al difunto de su muerte. Y eso que David Bowie murió con 69 años, que tampoco es que sea una edad muy temprana. Si hubiera muerto con más edad, por ejemplo a los 87 años, no creo que nadie le habría dado muchas vueltas.
    ¿Y cómo hemos llegado a este punto? ¿Cómo hemos llegado a pensar que alguien que muere con casi 70 años es porque quiere, porque no se ha cuidado como debía?
    Creo que todo empezó en la década de los 70 y que hay una explicación histórica. Christopher Lasch, un famoso historiador, ha subrayado como muchas personas que en los años 60 eran activistas políticos a mediados de los años 70 comenzaron a obsesionarse con sus cuerpos, con hacer ejercicio, con ponerse a dieta.
    Un ejemplo muy claro de eso es el de Jane Fondo o el de Jerry Rubin, un líder social en Estados Unidos en los años 60 que posteriormente se convirtió en hombre de negocios y que cambió su interés por la política por el del culto al cuerpo, aunque lamentablemente murió a los 56 años en un accidente.
    En los años 70 en Estados Unidos había problemas económicos, de seguridad… Lo único que quizás uno podía controlar era su propio cuerpo. Y hoy ocurre lo mismo. Uno se dice: "Seguramente no puedo hacer nada contra Donald Trump, pero lo que sí puedo hacer es trabajar sobre mi cuerpo".
    ¿Quiere decir que este modo de pensar sobre el cuerpo y la salud que se está imponiendo tiene más que ver con la política que con la montaña de dinero que mueve el negocio y la industria del bienestar?
    No, está claro que no se trata sólo de ideología, también es un enorme negocio lo que hay detrás del cuerpo y de nuestra obsesión de vivir cada vez más y más.
    ¿La gente con menos recursos económicos es aún más demonizada?
    Sí, a las personas con menos recursos económicos se les señala y se les culpabiliza aún más por tener mala salud o por morir a edad temprana. En mi país, en Estados Unidos, es difícil encontrar gente que sienta simpatía hacia los pobres.
    Lo sé muy bien porque durante años viaje por todo EEUU y realicé trabajos mal pagados para entender cómo vivía la gente con sueldos más bajos [una experiencia que plasmó en el libro "Nikel and Dimed"]. ¿Fumaba? ¿Bebía? Son preguntas recurrentes que la gente se hace cuando alguien con pocos ingresos muere.
    En su anterior libro usted arremetía contra el pensamiento positivo. ¿Cree que el pensamiento positivo está relacionado también con la obsesión con el cuerpo y la salud?
    Sí. Todo forma parte de la misma idea: la idea de que podemos tener el control, control sobre nuestros cuerpos y control sobre nuestras mentes.
    Cuando yo tuve cáncer de pecho estaba furiosa con todos aquellos que me decían que debía de ser positiva, que ser positiva me haría sentir mejor, me ayudaría a ponerme bien.
    Yo salí del cáncer, sí, pero estando todo el tiempo muy enfadada. La realidad es que el hecho de ser positivo, de pensar que uno se va a curar, no tiene el más mínimo efecto a la hora de conseguir que un tumor o un cáncer desaparezca.
    Pero hay quienes afirman que el yoga o la meditación sí pueden tener un impacto en la salud…
    Que me enseñen los estudios, las pruebas. Sé que lo dice mucha gente, pero me gustaría ver las evidencias.
    Cuando tenía cáncer de pecho incluso le llegaron a decir que debía considerar el hecho de tener cáncer como un regalo…
    Sí, es la cosa más asquerosa que he oído y uno de los ejemplos más extremos del pensamiento positivo. ¿Se lo imagina? Considerar el cáncer como un regalo, qué espanto. Desde luego, a mí no me gustaría que ninguno de mis amigos recibiera ese regalo.
    ¿Estamos tan obsesionados con vivir lo más posible que se nos olvida vivir, disfrutar de la vida?
    Es justo eso. Hace unos años empecé a darme cuenta de que mucha gente de mi edad dedicaba cada vez más y más tiempo en prolongar sus vidas, como si la vida consistiera en alargar la existencia lo más posible, privándose de un montón de cosas agradables.
    Yo, por ejemplo, tengo que aguantar miradas de censura cuando digo que como pan con mantequilla, porque hacer eso se considera malo para mi salud y que puede acortar lo que me queda de vida. Pero yo he decidido decir basta y comer pan con mantequilla.
    ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar la muerte? ¿A qué edad uno no debería empezar a aceptarla?
    No creo que haya una edad particular. Yo personalmente llevo pensando toda la vida en que un día moriré. No es ningún gran misterio: un día estamos aquí y al siguiente ya no. Me parece que lo preocupante es que haya gente que no se plantee que un día morirá.
    Pero la realidad es que con frecuencia vemos a personas que se comportan así, como si la muerte fuera un asunto que no tuviera nada que ver con ellos. El otro día, en una tienda, me crucé con una señora que no conocía y me puse a contarle de qué trataba mi nuevo libro, y ella me comentó que efectivamente ese es un asunto del que no se habla.
    Todos vamos a morir, lo sabemos. ¿Por qué no podemos hablar de ello, discutirlo juntos?
    ¿Qué responsabilidad tienen los médicos en todo esto?
    Lo que están haciendo es presionarnos. Nos encargan un montón de pruebas y de exámenes médicos para ver si hay algo malo. Yo he dejado de hacerme esas pruebas. Ya no me hago más mamografías. No más colonoscopias, se acabó. En algún momento moriré. Y no necesito en este momento saber de qué moriré.
    En Estados Unidos, sólo los ancianos tienen asegurado la cobertura médica a partir de los 65 años. Así que los ancianos somos un mercado muy importante para los profesionales médicos, y por eso nos presionan para hacernos cada vez más y más exámenes y pruebas.
    Yo le he dicho a mi médico de atención primaria que iré a verle cuando algo me moleste, pero que él no debe ponerse a buscar problemas ni cosas que no funcionen bien. Ese es nuestro trato. No digo que los demás deban de hacer lo mismo, pero me parece una bobada gastar tu vida haciéndote pruebas.

    Entrevista extraída de El observador:


    viernes, 17 de mayo de 2019

    DEL MITO AL LOGOS PRIMEROS FILÓSOFOS


    SABER MÍTICO                                             


    Sobrenatural                                                       
    De origen divino                                                 
    Tradicional                                                         
    Aceptado por Fe (autoridad)                             
                                                                               


    LOGOS (primeros filósofos)

    filósofos de la naturaleza
     la materia está animada                                                     
     lo plantea un individuo
     puede ser cuestionado
      buscan un "principio de realidad"


    Concepto de Arjé o Arché, características: único e infinito
                                                                        material, corpóreo, espacial, genera y                                                                     destruye.
    los cambios se explican por rarefacción o condensación.

    Los primeros filósofos están más preocupados por explicar el cosmos, el universo que los rodea, luego la filosofía se centrará en el ser humano como motivación de la pregunta.


    material extraído de las clases del Prof Luis Delio (Ipa), y la foto es de la página de instagram https://www.instagram.com/sociedadefilosofiaplicada/

    miércoles, 15 de mayo de 2019

    COMIENZO HISTÓRICO DE LA FILOSOFÍA, DEL MITO AL LOGOS

    Material seleccionado por Miguel LLach

    Definición de Mito por Mircea Eliade:

    «el mito cuenta una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los «comienzos». Dicho de otro modo: el mito cuenta cómo, gracias a las hazañas de los Seres Sobrenaturales, una realidad ha venido a la existencia, sea ésta la realidad total, el Cosmos, o solamente un fragmento: una isla, una especie vegetal, un comportamiento humano, una institución. Es, pues, siempre el relato de una «creación»: se narra cómo algo ha sido producido, ha comenzado a ser».






    Frase acerca de lo planteado por Tales de Mileto:






    imagen extraída de http://www.proel.org/index.php?pagina=mundo/indoeuro/helenico/griegocl






    martes, 7 de mayo de 2019

    Artículo para pensar sobre el sentido de la vida, leerlo con espíritu critico


    El sentido de la vida existe y no tiene nada que ver con la charlatanería
    Como dijo el psicoanalista Erich Fromm, el sentido de la vida no es más que el acto de vivir en uno mismo. Cómo experimentamos cada una de la horas y los días, de los meses y los años, moldea el propósito de nuestra existencia. Y este, a su vez, es el responsable de sentir plenitud. Muy filosófico. Pero es que además, tal y como avalan numerosos estudios científicos, incide en nuestra salud. Hay muchos ejemplos: la investigación dirigida por la psicóloga Mei-Chuan Wang, de la Universidad de Memphis, en el que se dice que que ayuda a reducir el estrés y las tendencias suicidas. O la coordinada por Patricia A. Boyle, del Centro Rush para el alzhéimer de Chicago, que asegura que reduce la incidencia de la enfermedad y el deterioro cognitivo leve en personas mayores. Kim Erich, del departamento de Psicología de la Universidad de Michigan, ha estudiado cómo disminuye el riesgo de infarto en la tercera edad. E incluso favorece que un toxicómano pueda dejar sus vicios, según los resultados obtenidos por investigadores del Centro de Estudios sobre el Alcohol y la Adicción de la Universidad Brown de Providencia (EE UU). Hace muchos, muchos años que la comunidad científica internacional trabaja para ver hasta dónde el estado de la mente influye en el del cuerpo, un pack indisoluble e hiperconectado. Una de las conclusiones más sorprendentes: estar motivado influye hasta en los genes. Así lo asegura Steve Cole, profesor de Medicina y Psiquiatría de la Universidad de California en Los Ángeles, quien, bajo la dirección de la profesora y psicóloga Barbara Fredrickson, de la Universidad de Carolina del Norte, lleva años estudiando cómo reaccionan nuestros genes ante el estrés y cómo sentirnos bien mentalmente incide en el genoma
    "Los placeres hedonistas son como calorías vacías: no aportan nada. Todo indica que, a nivel celular, respondemos positivamente a un bienestar psicológico basado en la conexión y el propósito" (Barbara Frederickson, de la Universidad de Carolina del Norte)
    Para realizar el estudio, Cole distinguió dos tipos de bienestar psicológico. Uno, vinculado a los eudaimonistas, poseedores de una motivación que da sentido a su existencia; y dos, el hedonista, que básicamente obtiene satisfacción de la constante autogratificación, especialmente a través de la búsqueda y posesión del placer material y físico. De forma inesperada –¿justicia poética o bioquímica?– Cole descubrió que, mientras el perfil genético de los eudaimonistas es favorable a las células del sistema inmune (potencia niveles bajos de inflamación y una fuerte expresión de genes vinculados a anticuerpos), el hedonista se manifiesta de forma contraria: alta inflamación y baja expresión de los genes antivirales y anticuerpos. ¿Cómo puede ser si ambos grupos, en principio, mostraron un mismo nivel de felicidad? Seguramente, opina Cole, la actitud de los primeros les lleva a vivir con más tranquilidad, con todos los beneficios que esto conlleva. Los hedonistas, en cambio, parece que viven con mucha más presión, lo que les acarrea estrés. Y este, entre otros muchos perjuicios, puede dañar los telómeros, los extremos de los cromosomas cuya función es evitar daños en el ADN, haciendo que envejezcan antes. Los placeres hedonistas, concluye Frederickson, son como calorías vacías que no aportan nada y no contribuyen a beneficiarnos físicamente. “Todo indica que a nivel celular el cuerpo responde positivamente al bienestar psicológico basado en el sentido de conexión y el propósito”, resume.

    Y usted… ¿qué tipo de motivación tiene?

    Aunque todos los indicios científicos apuntan a que tener un propósito en la vida nos beneficia y mucho, es evidente que no todo el mundo se apasiona por las mismas cosas, y que no todas despiertan el mismo grado de pasión ni de bienestar. Según explica el psicólogo Jonathan García-Allen, hay distintas maneras de clasificar las motivaciones. Una es diferenciarlas entre extrínsecas e intrínsecas. “Las primeras son externas al individuo y a la actividad que realiza. Por ejemplo, alguien puede trabajar o estudiar mucho porque lo que le mueve es ganar dinero o el reconocimiento social”, explica. En cambio, la intrínseca procede del interior de la persona, la cual no espera ninguna recompensa externa. “Esto se asocia a los deseos de autorrealización y de crecimiento personal. La experimentan, entre otros, aquellos que trabajan para el bienestar de la comunidad o que forman parte de un equipo deportivo”, observa. También hay motivaciones positivas, en las que la propia actividad es la que genera un estado de bienestar, y negativas que, de forma opuesta, espolean a las personas a emprender una acción para evitar una consecuencia negativa, como puede ser un despido, un fracaso, un castigo o una frustración. Una tercera clasificación las ordena en base a aquello que las estimula: así, se habla de motivación por logro (cuando el fin es el que mueve a la persona a vencer un desafío concreto ante sí mismo), por competencia (si el detonante es ser considerado el mejor realizando un determinado trabajo) y por afiliación (cuando la cooperación y el trabajo en equipo son el principal estímulo).
    Lo que importa, de fondo, es comprender que todos nosotros somos susceptibles de sentirnos motivados. Así lo cree el neurólogo y psiquiatra austríaco Viktor Frankl, quien sobrevivió en varios campos de concentración nazis –donde perdió a sus padres y a su mujer–. Una experiencia que le inspiró a escribir El hombre en busca de sentido (Herder). En el libro cuenta, desde el punto de vista de un psiquiatra, que cualquier persona en cualquier circunstancia, aunque sea de sufrimiento extremo, puede aferrarse a una razón para vivir. En realidad no importa lo que esperamos de la vida, decía, sino lo que la vida espera de nosotros (por ejemplo, ayudar a los demás). Fruto de esas reflexiones creó un tipo de psicoterapia, la logoterapia, basada en la idea de que la motivación más importante del ser humano es precisamente esa: otorgar un sentido a la vida en cualquier situación.

    El escarabajo pelotero y la rana hervida

    "Hay dos tipos de bienestar psicológico: el de las personas poseedoras de una motivación que da sentido a su vida; y el de los hedonistas, que obtienen satisfacción a través del placer físico y material. Éstos podrían tener telómeros más cortos" (Steve Cole, de la Universidad de California en Los Ángeles)
    Vic Strecher, profesor y director del programa de Innovación y Emprendimiento Social en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Michigan, y experto en las vinculaciones existentes entre el estado psicológico y la salud de las personas, está convencido de que el propósito y el significado que cada uno tenemos de la vida es la esencia de una buena salud. Lo explica en su libro Life on purpose donde, “más allá de las tendencias, las opiniones y las falsas esperanzas de los libros de autoayuda, se explora la increíble conexión entre una vida motivada y las últimas evidencias científicas sobre la calidad de vida y la longevidad”, explica. Strecher, gran comunicador, suele amenizar sus conferencias contando la historia de un animal que le fascina: el escarabajo pelotero. En él se inspira la deidad egipcia Khepri, cuya misión es la de empujar el Sol a través del cielo cada día para salvarlo de la noche y protegerlo hasta la jornada siguiente y que encarna el renacimiento, la transformación y la trascendencia. En la vida real, el escarabajo pelotero es un insecto especializado en transformar porciones de estiércol en bolas rodantes que, con la ayuda de las feromonas con las que las rocía, atraen a las hembras que acuden a ellas para aparearse y depositar los huevos en su interior.
    Todos tenemos, dice textualmente, “mierda en nuestras vidas” que podemos transformar en algo bello, así como la capacidad de encontrar una motivación. En sus charlas, además de hablar de las habilidades de esos curiosos coleópteros (¿sabían que son capaces de orientarse en la noche siguiendo el rastro de la Vía Láctea?), suele hacer referencia a la famosa fábula de aquella rana que, en un primer experimento, es introducida en un cazo de agua muy caliente y reacciona dando un salto para huir despavorida. En una segunda ocasión, el mismo anfibio es colocado en una olla de agua fría que se calienta progresivamente, pero, en ese contexto, la rana no reacciona y tras quedar medio adormecida, acaba muriendo cuando el líquido llega al punto de ebullición. Al igual que ella, dice Strecher, muchas personas son incapaces de reaccionar y de cambiar determinadas rutinas a pesar de saber que son dinámicas vitales negativas, incluso susceptibles de causarles la muerte. Es el caso de muchos malos hábitos en el tema de la salud, como fumar, el sedentarismo, la obesidad, la mala alimentación… problemas que conocemos y que nos atacan progresivamente, frente a los cuales, en lugar de saltar, adoptamos una postura de pasividad que acaba por dejarnos bien hervidos.
    Y es que los mensajes que nos amenazan constantemente con la enfermedad y la muerte no nos mueven a cambiar, dice Strecher. Atrapados dentro de una especie de castillo emocional –nuestro ego– tendemos a mostrarnos a la defensiva frente a los comentarios ajenos. Derribar ese muro, comenta, es algo que muchas personas consiguen tras una experiencia emocional dolorosa. Él, que ha trabajado con muchos pacientes de cáncer, afirma que ninguno de los que ha sobrevivido ha seguido con su vida de antes: todos han abordado grandes cambios. Él mismo sufrió la pérdida de su hija de 19 años, Julia, a causa de una larga dolencia, tras lo cual decidió romper su propia pared y buscar un nuevo propósito en la vida, uno más importante que él mismo. En su caso, difundir la necesidad de encontrar una motivación y tratar a todos sus estudiantes como si fueran sus propios hijos. Transmitirles, en definitiva, que los estímulos positivos, mucho más que los negativos, son los que nos empujan a luchar. Y que una vez lograda la motivación, la vida es más placentera…y mucho más saludable.

    Estar sano es motivador, y estar motivado mejora la salud

    Lola Márquez, que ha ejercido como técnica de salud mental en el Ayuntamiento de Sabadell y ahora es profesora y tutora en el posgrado en Coaching Ejecutivo en la Barcelona School of Management de la Universidad Pompeu Fabra, explica que cuando estamos motivados “percibimos que tenemos el control sobre diversos aspectos de la vida, sobre los cuales sentimos que podemos influir. En paralelo, toleramos mejor aquellas situaciones que no dependen de nosotros. Esto nos ayuda a ser más resilientes, más capaces de adaptarnos ante situaciones adversas y salir de ellas transformados en positivo”. En definitiva, tener una o varias razones para vivir nos anima a ocuparnos de nuestra vida en lugar de preocuparnos por ella. Escucharnos es esencial. Es básico conocer nuestros deseos, valores y necesidades para poder seguir hábitos saludables que favorecen la experimentación plena del día a día y convertir aquello que nos limita en oportunidades.
    "A partir de un mínimo en el que se cubren necesidades básicas, el incremento del bienestar material no parece tener demasiado efecto en el índice de felicidad de las personas" (Mihaly Csikszentmihalyi, pionero de la psicología positiva)
    Según detalla, la motivación depende de varios factores: tendencias genéticas y circunstancias ambientales, estabilidad emocional… Pero también de la adopción de actitudes como la fuerza de voluntad, que se puede aprender y mejorar. Tener algo por lo qué vivir y ser fieles a nuestros valores nos encamina hacia la senda vital que más nos encaja, y eso siempre redunda en una mejor calidad de vida. Sin duda es un proceso a lo largo del cual hay que “hacer espacio en nuestro interior”. Es decir, eliminar lo superfluo y centrarse en trabajar en pro de nuestras íntimas y verdaderas prioridades.

    ¿Quiere descubrir su propósito en la vida? Busque su estado 'flow'

    Mihaly Csikszentmihalyi , de origen croata y pionero de la psicología positiva centrada en el estudio de los fundamentos del bienestar mental, vivió siendo niño la Segunda Guerra Mundial. Entonces se fijó en las habilidades que los adultos manejaban para lidiar con las tragedias de la guerra. ¿Por qué algunos eran capaces de llevar una vida casi normal, casi alegre, una existencia, al fin y al cabo, digna? Le intrigó averiguar qué es lo que hace a una persona percibir que su vida vale la pena y, tras buscar durante su adolescencia respuestas en la filosofía, el arte y la religión, se decantó por estudiar psicología y se especializó en entender las raíces de la felicidad.
    Tras comprobar que a partir de un mínimo en el que las necesidades básicas están cubiertas, el incremento del bienestar material no parece tener demasiado efecto en el índice de felicidad, se interesó en descubrir en qué momento de la vida diaria los humanos se sienten más felices. “Estudié el perfil de personas creativas, artistas y científicos para entender qué les hacía invertir la mayor parte del tiempo en algo de lo que no esperaban conseguir ni fama ni fortuna, pero que sí daba un significado y valor a su existencia”, explicó en una charla TED. Es algo así como un estado de éxtasis que gente de todas las épocas y culturas ha experimentado, un sentimiento tan intenso que incluso la propia existencia pasa a un segundo plano. Cuando nos sumergimos en esos procesos tan cautivadores, olvidamos los problemas y ni siquiera nos acordamos de si estamos hambrientos o cansados. Toda la conciencia, todo nuestro hardware, se invierte en la concentración que necesitamos para hacer eso que nos parece tan motivador y nuestro yo queda en standby. Eso es lo que Csikszentmihalyi llama “el estado de flujo”, el estado flow, en el que lo importante es la tarea no el objetivo. Alcanzar con frecuencia esos estados de fluidez pone en orden nuestro caos interior, nos hace fuertes ante a las adversidades y nos protege de trastornos físicos y psíquicos.
    Como decía la gran Dory, por ahora el pez cirujano azul más filósofo de todos los tiempos, en la película Buscando a Dory, parece que lo más importante en esta vida es recordar que, pase lo que pase, lo que hay que hacer es…¡seguir nadando! Porque llegará un día en el que moriremos, pero el resto del tiempo estaremos vivos. Y, parafraseando a Wim Hof, un holandés apodado The Iceman por su capacidad de soportar el frío extremo (ha logrado 26 récords mundiales, allá cada uno con sus motivaciones) lo que realmente da miedo no es morir, lo que es aterrador es no poder vivir plenamente...

    LOS ORÍGENES DE LA FILOSOFÍA SEGÚN KARL JASPERS

    LOS ORÍGENES DE LA FILOSOFÍA SEGÚN KARL JASPERS




    La historia de la filosofía como pensar metódico tiene sus comienzos hace dos mil quinientos años, pero como pensar mítico mucho antes.

    Sin embargo, comienzo no es lo mismo que origen. El comienzo es histórico y acarrea para los que vienen después un conjunto creciente de supuestos sentados por el trabajo mental ya efectuado. Origen es, en cambio la fuente de la  que mana en todo tiempo el impulso que mueve a filosofar. Únicamente gracias a él resulta esencial la filosofía actual en cada momento y comprendida la filosofía anterior.
    Este origen es múltiple. Del asombro sale la pregunta y el conocimiento, de la duda acerca de lo conocido el examen crítico y la clara certeza, de la conmoción del hombre y de la conciencia de estar perdido la cuestión de sí propio. Representémonos ante todo estos tres motivos.

    Primero. Platón decía que el asombro es el origen de la filosofía. Nuestros ojos nos "hacen ser partícipes del espectáculo de las estrellas, del sol y de la bóveda celeste”. Este espectáculo nos ha "dado el impulso de investigar el universo. De aquí brotó para nosotros la filosofía, el mayor de los bienes deparados por los dioses a la raza de los mortales". Y Aristóteles: “Pues la admiración es lo que im­pulsa a los hombres a filosofar: empezando por admirarse de lo que les sorprendía por extraño, avanzaron poca a poco y se preguntaron por las vicisitudes de la luna y del sol, de los astros y por el origen del un universo."
    El admirarse impele a conocer. En la admiración co­bro conciencia de no saber. Busco el saber, pero el saber mismo, no "para satisfacer ninguna necesidad común”.
    El filosofar es como un despertar de la vinculación a las necesidades de la vida. Este despertar tiene lugar mirando desinteresadamente a las cosas, al cielo y al mundo preguntando qué sea todo ello y de dónde todo ello venga, preguntas cuya respuesta no serviría para nada útil, sino que resulta satisfactoria por sí sola.

    Segundo.  Una vez que he satisfecho mi asombro admiración con el contexto de lo que existe, pronto se anuncia la duda. A buen seguro que se acumulan los conocimientos, pero ante el examen crítico no hay nada cierto. Las  percepciones sensibles están condicionadas por nuestros órganos sensoriales y son engañosas y en todo caso no concordantes con lo que existe fuera de mí independientemente de que sea percibido o en sí. Nuestras formas men­tales son las de nuestro humano intelecto. Se enredan en contradicciones insolubles. Por todas partes se alzan unas afirmaciones frente a otras. Filosofando me apodero de la duda, intento hacerla radical, mas, o bien gozándome en la negación mediante ella, que ya no respeta nada, pero que por su parte tampoco logra dar un paso mas, o bien preguntándome dónde estará la certeza que escape a toda duda y resista ante toda crítica honrada.
    La famosa frase de Descartes "pienso, luego existo" era para el indubitablemente cierta cuando dudaba de todo lo demás, pues ni siquiera el perfecto engaño en materia de conocimiento, aquel que quizá ni percibo puede engañarme acerca de  mi existencia mientras me engaño al pensar.
    La duda se vuelve como duda metódica la fuente del examen crítico de todo conocimiento. De aquí que sin una duda radical, ningún verdadero filosofar. Pero lo decisivo es cómo y dónde se conquista a través de la duda misma el terreno de la certeza.

    Y tercero.  Entregado al conocimiento de los objetos del mundo, practicando la duda como la vía de la certeza, vivo entre y para las cosas, sin pensar en mí, en mis fines, mi dicha, mí salvación. Más bien estoy olvidado de mi y satisfecho de alcanzar semejantes conocimientos.
    La cosa se vuelve otra cuando me doy cuenta de mí mismo en mi situación.
    El estoico Epícteto decía: “El origen de la filosofía es el percatarse de la propia debilidad e impotencia.” ¿Cómo salir de la impotencia?  La respuesta de Epicuro decía: considerando todo lo que no está en mi poder como indiferente para mi en su necesidad, y, por el contrario, poniendo en claro y en libertad por medio del pensamiento lo que reside en mi, a saber, la forma y el contenido de mis representaciones.
    Cerciorémonos de nuestra humana situación. Estamos siempre en situaciones. Las situaciones cambian, las ocasiones se suceden. Si estas no se aprovechan no vuelven más. Puede trabajar por hacer que cambie la situación. Pero hay si­tuaciones por su esencia permanentes, aun cuando se altere su apariencia momentánea y se cubre de un velo su poder sobrecogedor: no puedo menos de morir, ni de padecer, ni de luchar, estoy sometido al acaso, me hundo inevitable­mente en la culpa. Estas situaciones fundamentales de nues­tra existencia las llamamos situaciones límites.  Quiere decir que son situaciones de las que no podemos salir y que no podemos alterar. La conciencia de estas situaciones límites es después del asombro y de la duda el origen más profundo aún, de la filosofía. En la vida corriente huimos frecuentemente ante ellas cerrando los ojos y haciendo como si no existieran. Olvidamos que tenemos que morir, olvidamos nuestro ser culpable y nuestro estar entregados al acaso. Entonces sólo tenemos que habérnoslas con las situaciones concretas, que manejamos a nuestro gusto y a las que reaccionamos actuando según planes en el mundo, impulsados por nuestros intereses vitales. A las situaciones límites reaccionamos, en cambio, ya velándolas, ya cuando nos da­mos cuenta realmente de ellas, con la desesperación y con la reconstitución: Llegamos a ser nosotros mismos en una transformación de la conciencia de nuestro ser.
    Resumamos.  El origen del filosofar reside en la admiración, en la duda, en la conciencia de estar perdido. En todo caso comienza el filosofar con una conmoción total del hombre y siempre trata de salir del estado de turbación hacia una meta.
    Platón y Aristóteles partieron de la admiración en bus­ca de la esencia del ser.
    Descartes buscaba en medio de la serie sin fin de lo incierto la certeza imperiosa.
    Los estoicos buscaban en medio de los dolores de la existencia la paz del alma.
    Cada uno de estos estados de turbación tiene se verdad, vestida históricamente en cada caso de las respectivas ideas y lenguaje. Apropiándonos históricamente éstos, avanzamos a través de ellos hasta los orígenes aún presentes en nosotros.
    El afán es de un suelo seguro, de la profundidad del ser, de eternizarse.
    Estos tres influyentes motivos –la admiración y el conocimiento, la duda y la certeza, el sentirse perdido y el encontrarse a sí mismo– no agotan lo que nos mueve a filosofar en la actualidad.




    EL SUJETO Y LA VIDA POSMODERNA POR ESTHER DIAZ









    Hipótesis a defender: 
    Los sujetos nos vamos constituyendo a partir de las prácticas sociales de nuestro tiempo histórico y de los discursos que circulan dando cuenta de esas prácticas y coadyuvando a constituirlas. Nuestras prácticas – hoy – están dominadas por tecnologías sofisticadas y, en general, recientes. En cambio, nuestros discursos son herencias de prácticas ya perimidas o, al menos, cuestionadas. El choque entre las nuevas tecnologías y los léxicos heredados han producido una fragmentación en los procesos de constitución de los sujetos y, por lo tanto, de identificación de nosotros mismos. Somos sujetos fragmentados o multifrénicos, lo cual no necesariamente provoca una situación alarmante, ya que del caos – sabido es – puede surgir el orden o, mejor dicho, un nuevo orden. En la presente reflexión pretendo señalar algunas perspectivas de nuestra actual conformación como sujetos, es decir, señalar como nos autoidentificamos como sujetos a partir de nuestra vida cotidiana actual. 

    Desarrollo del tema: me referiré en primer término a los dos léxicos heredados y hoy fragmentados a los que apelamos para dar cuenta de nosotros mismos: el lenguaje del romanticismo, utilizado comúnmente para dar cuenta de nuestra emotividad; y el lenguaje del modernismo, al que apelamos para determinar nuestra condición de seres racionales. Ambos son productos de la modernidad. Pues el romanticismo es una contracultura moderna (crítica de la modernidad) de fuerte influencia cultural y cotidiana expandida a comienzos del siglo XIX y con ramificaciones hasta la actualidad; mientras que el modernismo responde a una corriente artístico-científica, es decir cultural,  que se afianza en el paso del siglo XIX al XX y sigue marcando todavía su impronta en nuestra autoidentificación como seres organizados racionalmente. Y, en segundo término, me referiré a las principales tecnologías que le han dado su impronta específica a este siglo que declina. Entre estas tecnologías, se pueden diferenciar dos grupos fundamentales: las de bajo y las de alto nivel. Entre las primeras ubico el ferrocarril, el automóvil, los servicios postales públicos, el libro impreso a nivel masivo, la radiofonía, el cine y el teléfono. Y, entre las segundas, el transporte aéreo,  la pantalla de TV y de video y la computadora y toda su ramificación digital.

    Condiciones de posibilidad de lo posmoderno. Si se quiere pensar en esta nueva experiencia de la cotidianidad, cabe remitirse, por lo menos a los acontecimientos surgidos a partir de  la Segunda Guerra Mundial. Momento histórico en el que los cambios avasallantes en las prácticas sociales y en la circulación de los discursos han alterado casi todas las maneras cotidianas de relacionarnos con los demás y con mundo. Por lo tanto, se ha alterado la manera de constituir nuestra propia identidad como personas. La identidad personal se conforma a partir de la confrontación entre los “modelos” que provee la realidad y nuestras propias valoraciones y conductas. La ciencia moderna ha pretendido que el mundo se compone a partir de entidades fijas y reconocibles. Otro tanto se supone que debe ocurrir con la constitución de las personas. Ahora bien, mientras para los modernos, en tanto racionalistas, los rasgos personales se manifiestan en el exterior de las personas, para el romanticismo (repito, una contracultura moderna) la “esencia” personal se refugia en un interior oculto a los ojos. “Los esencial es invisible a los ojos”, dice el Principito como respondiendo a un romanticismo del que ya no es contemporáneo.
    Un paradigma moderno de creencia en identidades que se exteriorizan y pueden ser mensurable son los estudios de Lombroso y su consumado modernismo inductivista de fin del siglo XIX. Y, en la contrapartida romántica podemos citar el Werther, de Goethe, muriendo de amor, o al Woyseck de Heinrich Heine que en el paroxismo del romanticismo (1832) exclama “Qué misterio es el alma humana, asomarse a ella produce vértigo”.
    Pero con anterioridad a estas contradicciones bipolares de la modernidad, existían modelos estables. Cuando los paradigmas identificatorias son fuertemente estables, parecerían que las identificaciones personales casi no presentan inconvenientes. Platón, por ejemplo, establece que cada individuo permanece en el rol que la sociedad ya tiene preestablecido para él; de modo tal que la clase de los carpinteros producirá carpinteros, la de los marinos, marinos, y así sucesivamente. No hay movilidades sociales, todo es más previsible y “ordenado”. Las identificaciones son unívocas y se evitan las indefiniciones, tan temidas por quienes aspiran a ejercer poderes hegemónicos (como sin lugar a dudas pretenden fundamentar las teorías políticas de tipo platónico, por un lado, y de cualquier poder totalizante, por otro). La ventaja de las identificaciones fijas se cifra en lo tranquilizante que resulta que cada quién se avenga a modelos estables. Lo terrible de ese tipo de identificaciones es lo inamovible de la identificación.
    Pero la época actual no peca de identificaciones inamovibles, sino más bien, de la modificación casi permanente de los posibles parámetros de identificación. El mundo y la relación entre los sujetos han sufrido cambios profundos en lapsos cada vez más breves. Esto puede verse en todo tipo de relaciones, tales como las familiares, laborales, educativas o de relaciones sociales en general. Y, aunque muchos son los motivos, haré hincapié específicamente en los cambios tecnológicos en tanto y en cuanto afectan de manera radical nuestras formas de ver el mundo y, por ende, de vernos a nosotros mismos. Y como no podemos referenciar ni a nosotros ni al mundo sino a través del lenguaje, destacaré asimismo algunos usos reciclados que hacemos de los lenguajes heredados (específicamente, el romántico y el modernista).

    Los cambios tecnológicos a lo largo del siglo han producido una alteración radical en nuestra forma de revelarnos a los demás y han cambiado la experiencia cotidiana de nosotros mismos. Considero que las verdades se construyen socialmente. En función de ello, las nociones de “verdadero” e incluso de “bueno” dependen de los dispositivos de poder que logran imponer socialmente sus propias creencias generando corrientes de opinión y –obviamente – de adhesión. Sin embargo, el cimbronazo social producido, entre otras cosas, por las nuevas tecnologías ha fragmentado o pulverizado los núcleos duros de ideas regulativas y rectoras de nuestras valores y conductas (caída de las ideologías).
    Según el filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein, “ los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje”. Si esto es así, estamos asistiendo a una experiencia inédita: atravesamos por experiencias que todavía no podemos incluir realmente en “nuestro mundo” en tanto no dispones todavía de un léxico propio para referenciarlas. Por ejemplo, hasta hace dos o tres décadas ser “novio”, significaba estar relacionado sentimentalmente con otra persona hasta que llegara el momento crucial del matrimonio y la convivencia. Hoy, la gente convive con alguien a quien llama su “novio (a)”, o se le suele llamar con el mismo término a una relación virtual como la mantenida por teléfono, emisoras de radio,  correo electrónico o chateo.
    El lenguaje de la subjetividad es tanto más importante, porque no solo sirve para comprendernos a nosotros mismos, sino que sirve así mismo como sustento simbólico de las relaciones humanas. Pero, como las nuevas tecnologías se desarrollan más rápidamente que los nuevos léxicos que den cuenta de nuestra peculiar relación con ellas, asistimos a una suerte de destiempo o desencuentro entre las nuevas formas de cotidianeidad  surgidas de la eclosión de las tecnologías y el lenguaje desde el que comprendernos con respecto a ellas y a nuestras relaciones humanas.
    Durante buena parte del siglo XX  la subjetividad se constituyo con los dos lenguajes que llamo “heredados”: el romántico para la emotividad, el moderno para la racionalidad. Desde el discurso racional, cada uno es responsable de sus propios actos. Esto conlleva la obligatoriedad de los deberes respecto de uno mismo y de los demás. Por otra parte, desde la emotividad, se constituyó una idea del amor por otro, en una relación de pareja, con la idea de una inmoralidad raigal para censurar a quien pretendiera estar vinculado a más de una persona sentimentalmente. Además, la modernidad, en cualquiera de sus dos versiones (romántica o modernista) ha invertido mucho, demasiado quizá, en la singularidad indeclinable de cada individuo. Y hemos terminado creyendo que esto es sustancial y universalmente así. No obstante, existen culturas en las que, de hecho, se dan otras formas de sensibilidad respecto de la persona y de las relaciones. Hasta la sensibilidad es una construcción social, no siempre coherente con las prácticas que la genera o, tal vez, complementaria de algunas de ellas. Respecto de esto, es digno destacarse que el romanticismo y su ensimismamiento en la interioridad es contemporáneo nada menos que de la gran expansión económico industrial de principios del siglo XIX. Aunque, como contrapartida, esa expansión responde al desarrollo de la ciencia moderna, cuyo gran sustento teórico proviene de la Ilustración que es totalmente racionalista y, por lo tanto, antirromántica.

    Las nuevas formas de cotidianeidad. La diversidad social desatada por las tecnologías actuales ha permitido nuevas formas de relación y multiplicidad de prácticas sin puntos de valoraciones más o menos claros para adherir o rechazar, desde un punto de vista ético, las condiciones sociales vigentes. Parecería que estamos vertiendo vino nuevo en odres viejos.
    Solemos manejar distinto “libretos” según nos comuniquemos personalmente, o por fax, o por teléfono, o por correo electrónico o por chateo, o por videoconferencia, en fin, o con distinto rango de personas. Esto no es sustancialmente nuevo, es la intensidad de los cambios sucesivos de circunstancias – debido a la proliferación de las nuevas maneras de comunicarnos – lo que realmente es inédito. Es como si la “verdad” sobre nosotros mismos, fuera una construcción momentánea. Oscilamos entre la intensidad de los sentimientos (que proviene de nuestro heredado lenguaje romántico) a la concepción del sujeto como máquina racional (que responde a nuestro legado moderno). Se trata de poderosas formas lingüísticas a las que apelamos para defender nuestras propias posiciones (que obviamente también son inestables y cambiantes. Pero a raíz de las prácticas cada más disímiles propias del mundo que nos tocó vivir, hay una fuerza tendencia a la pulverización de las formas de relación tradicionales, así como una resistencia al cambio que pretende volver a ellas.
    Pero las nuevas tecnologías colonizan nuestra subjetividad y hacen que el léxico sobre nosotros mismos heredado, repito, del romanticismo y del modernismo, se torne obsoleto. Para evaluar someramente la magnitud del cambio cultural y por lo tanto cotidiano al que asistimos, podemos clasificar las tecnologías surgidas entre fines del siglo XIX y comienzo del XX, agregando luego las que surgieron  (o se expandieron) hacia el fin del milenio. Denominaré a las primeras “Principales tecnologías de bajo nivel”, y a las segundas “Principales tecnologías de alto nivel”. Se pueden considerar de bajo nivel (a la vista del nivel que han alcanzado las que les siguieron) el ferrocarril, el automóvil, los servicios postales público, el libro impreso universalizado, la radiofonía, el cine y el teléfono. Y serían de alto nivel los transportes aéreos, la televisión y la informática.

    Consecuencias que se desprenden de las nuevas tecnologías:

    -         Multiplicidad espacial, temporal y relacional.
    -         Rescate de lo retro, pero con proyección a futuro. Se intensifica el pasado (foto, cine, video, grabadores, moda, almacenamiento de datos).
    -         Nos convertimos en terminales de computadores.
    -         Multiplicación y obsolescencia de las relaciones
    -         Cambia la noción de “niñez”, ya no se es más “un adulto en pequeño”, como en la modernidad, ni “alguien que debe madurar”, como a principio de siglo XX; sino un ser que descubre rápidamente la vulnerabilidad de los adultos y deambula por una multiplicidad de figuras identificatorias (personajes de TV, abuelos, lideres de la música popular, etc.,)
    -         Cuando más comprometemos el cuerpo, más lo elidimos: radio-oídos, TV-mirada, PC-manos, pero contactos virtuales, más que reales.
    -         El conocimiento, de valor de uso ha pasado ha valor de cambio
    -         Relaciones afectivas “de microondas”
    -         Solidaridad mediática, no ya regida por un imperativo categórico, sino emotiva.
    -         De “aldea global”, estamos pasando  “células globales” (un televiso o una PC en cada habitación de la casa)

    Un camino posible: ya que nos constituimos a partir de estas prácticas, plantearnos la posibilidad de hacer una obra de arte con nuestra propia vida. Pero sabiendo que la obra de arte, hoy, no necesariamente es un entidad dada de una vez y para siempre, sino varias multiplicidades ético-estéticas renovables, cambiable, perfectibles…efímeras.  

    Esther Díaz


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